26 jun. 2007

Toros y toreros



No es necesario indagar mucho para descubrir que el toreo es una forma estilizada del sacrificio. La ofrenda ritual a los dioses convertida, al menos hasta cierto punto, en lucha.

El ritual tradicional, donde el sacerdote desangra una víctima maniatada o adormecida, es una puesta en escena a todas luces artificial. Suspende el transcurso del mundo; separa al hombre de su condición y lo lleva a un lugar fuera del cosmos para así poder renovarlo. El sacerdote se convierte allí en semidiós; la víctima es un rehén, un medio de cambio, una garantía.

El torero, en cambio, es un agonista; un luchador que enfrenta a otro luchador. Hasta que el ritual no termina, no sabemos quién es la victima. El ritual ya no es entonces una salida del mundo, sino su representación. El torero, luchador y víctima a un tiempo, es el símbolo de todos los hombres.

De allí que la corrida se parezca más a un acto de adivinación; una pregunta sobre nuestro destino. Pero también es el reconocimiento ritual de nuestro desamparo en el mundo, de nuestra condición trágica. La muerte del toro es el final favorable. Atrae la catarsis propia del teatro; reafirma y augura la permanencia del orden: el dominio de la inteligencia sobre la naturaleza, la posibilidad de alejar por un tiempo el caos. La muerte del torero, en contrapartida, señala que hemos perdido el favor de la divinidad; es el augurio de una catástrofe próxima mediante una catástrofe real. Es, también, un recuerdo de que la catástrofe es inevitable.

En este sentido, la muerte del torero es el verdadero sacrificio, el único posible.

Claro que, tras años de apropiación popular, la representación se ha envilecido con banderillas, picadores, asistentes y ambulancias. Si el asunto se tomara en serio, habría que dejar morir al torero en la arena, desgarrado el traje de luces, aplastado su cadáver una y otra vez por las patas de la bestia triunfante.

20 jun. 2007

Poesía que me hace llorar (ii)

El siguiente poema tiene que ser incluido en su totalidad en homenaje al escritor. Además es excelente de principio a fin, aunque las partes que me congelan son tres o cuatro. Si estuvieran escritas de cualquier otra forma resultarían inevitablemente cursis. No puedo leer el diálogo entre el niño y la vieja del pueblo, en la segunda parte, sin que se me llenen los ojos de lágrimas. Ni una sóla vez, aunque sea al pasar. Ni siquiera puedo recordarlo. Nadie podrá escribir nunca algo igual, al menos para mi. Lo más gracioso de todo es que soy más ateo que un perro, y el poema está dedicado a un santo.

Además de esos tres o cuatro fragmentos que me hielan, porque parecen escritos por alguien que no es de esta tierra (y del estilo característico también de este extraterrestre, con una fuerza que sólo tienen los españoles, pero además lleno de colores verdes y negros en los versos), destaco:
1. La estructura: dos partes claramente diferenciadas, la primera es introductoria, no situada; la segunda es la más emotiva, más situada en el tiempo y el espacio, con protagonistas más encarnados, pero aún así fantasmagóricos.
2. El ritmo, la cadencia y la paciencia para avanzar en el relato, propias de una narración oral, de raíz popular.
3. Cómo se recogen los elementos de la cultura popular, desde la forma de narrar los milagros hasta los adornos que hacen la gloria de los santos. Es conmovedor en su ingenuidad, aunque sabemos que es buscada.

Este poema me lo dio a conocer mi padre, él me lo leyó cuando era niño. No sería raro que parte de mis emociones frente al poema dependan de ello. De hecho, se trata de un poema más propio de niños que de adultos. Ya hace como 20 años que me acompaña. Supongo que ha sido de las cosas que me ha ayudado a conservar algo bueno en mí.



Santiago (FG Lorca)


I

Esta noche ha pasado Santiago
su camino de luz en el cielo.
Lo comentan los niños jugando
con el agua de un cauce sereno.

¿Dónde va el peregrino celeste
por el claro infinito sendero?
Va a la aurora que brilla en el fondo
en caballo blanco como el hielo.

¡Niños chicos, cantad en el prado
horadando con risas al viento!

Dice un hombre que ha visto a Santiago
en tropel con doscientos guerreros;
iban todos cubiertos de luces,
con guirnaldas de verdes luceros,
y el caballo que monta Santiago
era un astro de brillos intensos.

Dice el hombre que cuenta la historia
que en la noche dormida se oyeron
tremolar plateado de alas
que en sus ondas llevóse el silencio.

¿Qué sería que el río paróse?
Eran ángeles los caballeros.

¡Niños chicos, cantad en el prado
horadando con risas al viento!

Es la noche de luna menguante.
¡Escuchad! ¿Qué se siente en el cielo,
que los grillos refuerzan sus cuerdas
y dan voces los perros vagueros?

-Madre abuela, ¿cuál es el camino,
madre abuela, que yo no lo veo?

-Mira bien y verás una cinta
de polvillo harinoso y espeso,
un borrón que parece de plata
o de nácar. ¿Lo ves?

-Ya lo veo.

-Madre abuela. ¿Dónde está Santiago?
-Por allí marcha con su cortejo,
la cabeza llena de plumajes
y de perlas muy finas el cuerpo
con la luna rendida a sus plantas,
con el sol escondido en el pecho.

Esta noche en la vega se escuchan
los relatos brumosos del cuento.

¡Niños chicos, cantad en el prado
horadando con risas al viento!


II

Una vieja que vive muy pobre
en la parte más alta del pueblo,
que posee una rueca inservible,
una virgen y dos gatos negros,
mientras hace la ruda calceta
con sus secos y temblones dedos,
rodeada de buenas comadres
y de sucios chiquillos traviesos,
en la paz de la noche tranquila,
con las sierras perdidas en negro,
va contando con ritmos tardíos
la visión que ella tuvo en sus tiempos.

Ella vio en una noche lejana
como ésta, sin ruidos ni vientos,
al apóstol Santiago en persona,
peregrino en la tierra del cielo.

-Y comadre, ¿cómo iba vestido?
-le preguntan dos voces a un tiempo.

-Con bordón de esmeraldas y perlas
y una túnica de terciopelo.

Cuando hubo pasado la puerta,
mis palomas sus alas tendieron,
y mi perro, que estaba dormido,
fue tras él sus pisadas lamiendo.
Era dulce el Apóstol divino,
más aún que la luna de enero.
A su paso dejó por la senda
un olor de azucena y de incienso.

-Y comadre, ¿no le dijo nada?
-le preguntan dos voces a un tiempo.

-Al pasar me miró sonriente
y una estrella dejóme aquí dentro.

-¿Dónde tienes guardada esa estrella?
-le pregunta un chiquillo travieso.

-¿Se ha apagado - dijéronle otros -
como cosa de un encantamiento?

-No, hijos míos, la estrella relumbra,
que en el alma clavada la llevo.

-¿Cómo son las estrellas aquí?
-Hijo mío, igual que en el cielo.

-Siga, siga la vieja comadre.
¿Dónde iba el glorioso viajero?

-Se perdió por aquellas montañas
con mis blancas palomas y el perro.
Pero llena dejóme la casa
de rosales y de jazmineros,
y las uvas verdes de la parra
maduraron, y mi troje lleno
encontré la siguiente mañana.
Todo obra del Apóstol bueno.

-¡Grande suerte que tuvo, comadre!
-sermonean dos voces a un tiempo.

Los chiquillos están ya dormidos
y los campos en hondo silencio.

¡Niños chicos, pensad en Santiago
por los turbios caminos del sueño!

¡Noche clara, finales de julio!
¡Ha pasado Santiago en el cielo!

La tristeza que tiene mi alma,
por el blanco camino la dejo,
para ver si la encuentran los niños
y en el agua la vayan hundiendo,
para ver si en la noche estrellada
a muy lejos la llevan los vientos.

Poesía que me hace llorar (i)

Le voyage (Baudelaire, fgto.)

"Pour l'enfant, amoureux de cartes et d'estampes,
L'univers est égal à son vaste appétit.
Ah! que le monde est grand à la clarté des lampes!
Aux yeux de souvenir que le monde est petit!

Un matin nous partons, le cerveau plain de flamme,
Le coeur gros de rancune et de désirs amers,
Et nous allons, suivant le rhytme de la lame,
Berçant notre infini sur le fini des mers:"

Los dos últimos versos de la primera estrofa me emocionan por la sencillez con que resumen el sentido trágico de nuestra vida. Las esperanzas del niño frente a un mundo que parece enorme, y el recuerdo del viejo, que ve qué rápido y tal vez mezquino ha resultado todo.

El final de la segunda estrofa es igualmente sencillo, pero genial en cuanto al recurso, y remata lo que se dice en la primera: "meciendo nuestro infinito sobre los mares finitos". El mundo se acaba, el tiempo se acaba, no hay carretera infinita. Sólo nosotros podemos tener esa sensación mágica, pero sabemos que no dura mucho. Esa es la condición de nuestra existencia.

19 jun. 2007

La otra noche era un animal



La otra noche era un animal.

Tenía la boca llena de tierra,
de tierra seca y transparente,
mientras acechaba tu corral de lágrimas.

De tierra transparente de las orillas de tus ojos,
de la cresta de mis pezuñas,
de la comisura de mis dientes amarillos,
del borde de la otra noche en que era un animal.

Pero me dormí con la cabeza distinta,
y desperté con el estruendo ciego de la mañana,
y en la mañana me levanté con músculos de vidrio,
con la mirada cenital de los que huyen.

Si estuve a punto de hacerte daño
aferrando el martillo de tu silencio, no entiendo
por qué ahora me levanto sin párpados.
Qué no daría por un útero oscuro.

Los que vivían enfrente nos han abandonado
y esta cabeza con la que me levanto parece ajena,
parece envuelta, parece de plástico.

La otra noche era un animal,
pero esta mañana no es como la de ayer.
Esta mañana estoy ciego y el ruido no para.
Y trato de recordar otras cosas, pero no puedo.

18 jun. 2007

La utopía en el horizonte


Dice Galeano que la utopía (perdón, la Utopía) es como el horizonte: se aleja con cada paso que damos, y por eso nos sirve para caminar.

La frase no es mala en sí misma; es malo que se la repita tanto. Es nefasta, sobre todo, la gente que la repite. Pero no me importa eso ahora, porque me gusta la crítica fácil.

Lo que quiero hacer notar es que la Utopía, así como se aleja con cada paso que damos hacia adelante, también se acerca con cada paso que damos hacia atrás. Si retrocedemos dos pasos, el horizonte se acerca dos pasos. Si retrocedemos cien, el horizonte se acerca cien.

La Utopía nos persigue siempre. Igual que nos persigue, tras la fachada de civilización que sostenemos hasta ahora, la barbarie. Queremos escapar del socialismo, del colectivismo, del fascismo, del voluntarismo. Queremos retroceder frente a nuestras intenciones de hacer un mundo a nuestra medida, de controlar todo lo que pasa, y sin embargo la utopía nos persigue, inexorable, como Jason el de Martes 13.

Alcanzará con que caigan un par de edificios, con que falte comida en los supermercados, con que el mar crezca algunos centímetros, para desatar la Utopía. Hemos creado un barniz de educación, una delgada capa que se secará y se caerá con el primer sol fuerte. Somos animales: tenemos hambre y tenemos miedo.

Pero lo peor de todo es que no somos solamente animales. Lo peor de todo es que tenemos ideas.

12 jun. 2007

Los auténticos decadentes


o "el reblandecimiento de la exigencia estética 2"

Hay un fenómeno común a muchos artistas que me provoca tristeza. Podríamos llamarlo reblandecimiento, pero también autocomplacencia, distracción, aflojamiento. El crecimiento de la próstata, en los artistas consagrados y alcahueteados parece ir acompañado de una pérdida total de tensión artística. Gente que de joven hizo cosas increíbles, llenas de sensibilidad y originalidad, cuando envejecen pierden todo eso y ni siquiera son capaces de repetirse a sí mismos, con lo que al menos nos harían el favor de no verlos caer. Capaz que tiene que ver con algún efecto todavía no estudiado de los flashes y las ondas magnéticas de las cámaras de TV sobre las neuronas.

Me perdonarán por tocar medio de oído, pero ahí van los casos, algunos los conozco más, y en otros es pura intuición. Hay para todos.



Serrat. Paradigmático. Quien lo escuche no podrá notar que, en las últimas dos décadas, su música ha entrado en franca decadencia hasta convertirse en un producto enteramente descartable. Se empeña en hacer letras ingeniosas contra la globalización, pero la música es un desastre. Melodías anodinas, arreglos al tono.




Stephen King. Otro que después de hacer muchas novelas buenas y algún libro de cuentos escalofríante, agarró para cualquier lado. Tal vez esté sufriendo de envenenamiento por tocar todo el tiempo las tapas brillantes de sus ediciones más recientes.


Saramago. No leí mucho de este señor. Capaz que siempre fue igual de aburrido. El ensayo sobre la ceguera está bien, pero nada más. Los otros libros me desalientan desde el título. ¿Prejuicio? Por supuesto. Tal vez sean celos de su fama.

(Veo lo escrito hasta ahora y me pregunto: ¿será que el problema es que todos empiezan con la letra "S"? Pero no. Ahí está Silvio Rodríguez para refutar la hipótesis: un tipo que después de tantos años ha incluso mejorado su producción).



Metallica. El que no esté de acuerdo, lo arreglamos afuera. Crecieron hasta el álbum negro aunque ahí ya empezaron con las baladitas que le gustaban hasta mi abuelo. Después no se qué les pasó, habrán dejado el escabio.




Fito Páez. En algunas discusiones con resentidos ortodoxos lo llegué a defender. Pero es cierto que se puso re boludo a partir de los 90. Es un ejemplo perfecto de cómo tener mucha guita para grabar puede estropear toda tu idea.

Paul McCartney. Creo que las palabras sobran.


Los invito a agregar nombres a esta lista. Gente que los haya decepcionado o cosas así. Directores de cine, por ejemplo, que en mi lista faltan.

También me gustaría que colaboraran con hipótesis sobre cuáles podrían ser las razones de esta auténtica decadencia.

Mi último ataque de pánico



Acababa de correr unos 20 minutos en el parque. Estaba caminando hacia la salida, más o menos un quilómetro, mientras recuperaba el aliento. Un pequeño camino de tierra, solitario, cercado por árboles hermosos y una sombra fresca.

Nunca corro del todo tranquilo porque tengo miedo a morirme del corazón. A mis 29. Esa es mi condena por estos años, ésa la mitad menos absurda de mi vida. Pero siempre me sobrepongo, y corro. Ojo, que no se crea que correr es una tortura para mi. Me encanta. Pero nunca estoy del todo tranquilo. Y pensar que empecé a correr para desestresarme y fue así como empezó todo.

Caminaba, decía, por el parque. En un momento me noté las piernas algo débiles. Pensé: "tal vez ahora tenga un ataque de pánico, pero ¿y si ahora sí me viniera el ataque al corazón?". A los cinco segundos el ataque me cayó encima como un tren. Nunca tan veloz y tan intenso. Perdí mi cuerpo, sentí la taquicardia, me mareé, se me escapó un gemido involuntario y tuve la urgencia de escapar, no se bien a dónde. Estuve seguro, durante 10 segundos, de que iba a morirme ahí mismo. Era imposible no estarse muriendo. Luego tuve la lucidez de empezar a controlar la respiración y, a los 20 segundos todo había terminado. Sólo quedaba el recuerdo y esa sensación de agotamiento incomparable, como si me hubieran vaciado de sangre.

No deja de tener su encanto. Ser así, un enfermo, casi un loco. Estar al borde de la muerte, subjetivamente, todos los días.

Pienso que los programas de la tele que dicen que un tipo tuvo un accidente y que después de eso ve la vida con otros ojos y le dice palabras de amor a su esposa deben ser todos falsos. O que por lo menos, la mayoría de la gente que está al borde de la muerte, cuando vuelve, sigue tan idiota y mala como antes. Porque sufro la cercanía de la muerte bastante seguido y soy el mismo gil, el mismo calentón.

No deja, decía, de tener su encanto. Ese tren de muertos que te embiste por la espalda, los pies de la muerte sobre tus hombros, la sensación de ser un animal acorralado. El miedo absoluto.

Y tengo una sospecha: es un miedo peor que el miedo a la muerte. Cuando pienso en la muerte, no me causa nada parecido a lo que siento durante un ataque. Creo que el referente cognitivo es el miedo a la muerte, pero hay un engaño. Es algo mucho más fuerte. Quizá sea únicamente una reacción orgánica, una disfunción, como un cortocircuito al que uno intenta dar sentido, pero lo mismo daría el miedo a la locura, o a las ratas, o a los barcos.

O no. Es otro miedo. No a la muerte, sino a otra muerte, la verdadera.

Tal vez soy de los que tienen suerte de estar muy cerca.


9 jun. 2007

-an


No entiendo cómo puedo escribirte así
Pensando en estructuras hexagonales
En letras puras, en sufijos
En el fondo blanco de la farmacia

Tengo los dedos tan sucios
Pero no te vas a dar cuenta
Porque estás calmada
Porque estoy en calma

Cuando tomé la pastilla clara
Sabía que me estabas engañando
Pero no me importaba

Estoy latiendo tan rápido
Que no alcanzo a descifrar
Por qué mis uñas son tan largas

sábado de abril

Son casi las tres de la mañana, es sábado. Estoy en mi casa, mi novia duerme. Unos vecinos cuyo departamento no termino de ubicar cogen gritando, sobre todo la mujer, lo cual me excita o me da curiosidad. Espero que sean jóvenes.
Lo malo que tiene la noche es un perro que ladra casi todo el tiempo, seguramente por nada. Nunca se sabe cuándo va a ladrar. Da miedo irse a dormir con esas condiciones.
Lo malo que tiene mi casa es la computadora, que tengo encendida casi todo el tiempo, incluso en la noche. Me da miedo cuando la noto demasiado caliente. Tengo miedo de que se queme, pero no la quiero apagar porque en la noche baja mejor la música. Así que la tengo toda la noche sobre mi escritorio, con su ventilador haciendo ese ruido, de una forma idiota, propia de una máquina. No soporto la estupidez ni en las máquinas.
Tengo miedo de no poder dormir, creo que es por eso que me acuesto tan tarde. Aún así tengo insomnio. Demasiado calor; la respiración de mi novia que amenaza con volverse ronquido; el zumbido de la computadora; cada uno de los autos que pasan por la calle; los ladridos inesperados del perro. Mi propio corazón, a veces late con tanta fuerza.



Hoy en la tarde, mientras escribía, una ráfaga de viento azotó la ventana del piso superior al mío. El vidrio se rompió y una parte cayó con el ruido de una pequeña catástrofe. La otra quedó balanceándose peligrosamente, apenas sostenida en una punta aguda, a 6 metros por encima de donde suelen pasar las personas, y juegan los niños.
Uno de los niños, el más grande, tiene una bicicleta y una madre dura, gastada, probablemente separada, que le habla mal cuando cree que no la escuchan. Cuando me ve, me saluda bien, como si me quisiera coger o precisara quien la ayude. Está desesperada. El niño es en realidad un pre-adolescente, y es inevitable que me parezca un tarado. Tiene una bicicleta y la madre no lo deja andar en la calle, por lo que de vez en cuando la usa en el interior de la unidad, yendo y viniendo por el lugar destinado a que entren y salgan los autos. Lo malo es que tiene un timbre de bicicleta y lo toca cada 20 o 30 segundos, no se bien por qué. Va y viene por el corredor de los autos: cuando llega a un extremo, toca el timbre y da vuelta. Cuando llega al otro extremo, vuelve a tocar el timbre. Así son las tardes.
El vidrio quedó, como dije, colgando sobre los niños. Bajé a ver qué pasaba. Se asomaron dos vecinos: una viejita que no entendía nada y repetía todo lo que le decían, y un señor al que le tiembla un poco la cabeza y parece que siempre estuviera diciendo que no. Miraban hacia arriba y decían que no podía quedar colgando así, que algo había que hacer. El primer dato era que nadie vivía ahora en la habitación de la ventana rota, así que no se podía entrar y arreglarlo desde allí. Había que hacerlo desde abajo. Me ofrecí para buscar en mi departamento algo que arrojar a la ventana para ver si la parte más peligrosa se terminaba de caer. Busqué un par de trapos, los até, y cuando volví a bajar la viejita ya no estaba. El hombre esperaba algo de mí, pero no me lo decía. Arrojé una vez el trapo y pegó muy abajo. Tenía miedo de que entrara por la ventana abierta y se perdiera. Lo volví a arrojar y rompió una parte del vidrio, que cayó en pedazos pero no del todo, y quedó tan amenazante como antes. Lo peor es que el trapo quedó enganchado a la ventana así que estábamos jodidos. No se por qué soy tan solícito con mis vecinos.
Al final localizaron a la dueña del departamento, que vive en otro edificio de nuestra misma unidad. Una mujer tan fea que parece loca. Tan flaca que le faltan algunos dientes y tiene el pelo corto, anaranjado. Subimos con ella y sacamos los pedazos de vidrio de la ventana, hasta que quedó vacía. El departamento era horrible, vacío y deprimente. Tiene la misma superficie que el que yo alquilo pero parece mucho más chico. Yo recuperé mi trapo. La mujer tuvo la precaución, esta vez, de cerrar la ventana hueca.

Entre las hojas






Los niños que fuimos niños
Seremos niños y seguiremos siendo
En la foto que sacaste esa noche en el patio
Cuando creías que no te veíamos

Pero nuestra cara se hará pálida
Cada vez que salga el sol
Cada vez que compres tu pasaje
Cuando yo crea estar solo

Todos tratamos de hablar y levantamos la cabeza
Mientras yo sostengo a Julia
Mientras mi abuelo se muere
Mientras se muere la noche de todos

***

Es tan delgada la cuerda
La cuerda que sostiene tu boca abierta
Nunca más el segundo de tu nostalgia
Nunca más todos bajo la lluvia

Pero de aquel ruido
Los ecos traspasan mi puerta
A pesar de los clavos interpuestos
Y a pesar de mi risa funesta

De poco me sirve
Creer que en algún lado nos espera
Lo que ya se agotó en un segundo
Lo que sigue ocurriendo en la niebla

Si todo momento es eterno
Si todo lo que pasó se despierta
Otra vez, como la piel del muerto
En la camilla de luz y de piedra

Por qué yo sólo recuerdo
Tus ojos cerrando la puerta
La humedad que me daba la espalda
Y tu espalda que no se dio vuelta

Un beso de mi hermana


Perrito perrito
Sobre franjas de colores
No trates de impugnar este verso
Nos miente el tiempo

Perrito perrito
No me viste venir
Con mi estupidez a la espalda
Con mi ira de arrastro

Nunca imaginaste
Perrito
Las dunas que nos sostendrían
Mientras caía la tarde

Hoy acumulo papeles
Documentos perrito
Mientras el pelo de mi hermana
Cubre al primero de tus hijos

4 jun. 2007

Tiempo y empequeñecimiento


Es común afirmar que el tiempo cambia la percepción que tenemos del tamaño de las cosas. Todo se encoge. Las habitaciones de la infancia a las que volvemos en la adultez se han vuelto más pequeñas. Lo mismo nuestros juguetes.

Hay quienes dicen que la razón está en que nuestra percepción del tamaño depende de la relación de los objetos con nuestro cuerpo, y que al crecer éste, todo parece más chico. Esto es razonable, pero quiero interponer una objeción personal.
El viernes pasado, hurgando en una feria de libros usados, encontré la misma edición de un libro que me regalaron hace 8 años. Mi cuerpo no ha cambiado desde entonces y, sin embargo, esta vez vi mucho más pequeño al libro, casi insignificante, a pesar de tratarse de un ejemplar voluminoso.
Tal vez la razón esté en que la percepción del tamaño depende del encantamiento, de la capacidad de amar, del entusiasmo. El tiempo deteriora el tamaño porque nos deteriora. Los enanos, cuando son adultos, también ven las cosas más pequeñas que cuando eran niños.

Si esto es así, sólo nos queda seguir contemplando cómo se reduce nuestro entorno, a pesar de que nuestros cuerpos no crezcan. El tiempo correrá imparable, todo se escapará de las manos y de la vista, hasta que el mundo entero se nos escurra, inaprehensible y mínimo.