
No es necesario indagar mucho para descubrir que el toreo es una forma estilizada del sacrificio. La ofrenda ritual a los dioses convertida, al menos hasta cierto punto, en lucha.
El ritual tradicional, donde el sacerdote desangra una víctima maniatada o adormecida, es una puesta en escena a todas luces artificial. Suspende el transcurso del mundo; separa al hombre de su condición y lo lleva a un lugar fuera del cosmos para así poder renovarlo. El sacerdote se convierte allí en semidiós; la víctima es un rehén, un medio de cambio, una garantía.
El torero, en cambio, es un agonista; un luchador que enfrenta a otro luchador. Hasta que el ritual no termina, no sabemos quién es la victima. El ritual ya no es entonces una salida del mundo, sino su representación. El torero, luchador y víctima a un tiempo, es el símbolo de todos los hombres.
De allí que la corrida se parezca más a un acto de adivinación; una pregunta sobre nuestro destino. Pero también es el reconocimiento ritual de nuestro desamparo en el mundo, de nuestra condición trágica. La muerte del toro es el final favorable. Atrae la catarsis propia del teatro; reafirma y augura la permanencia del orden: el dominio de la inteligencia sobre la naturaleza, la posibilidad de alejar por un tiempo el caos. La muerte del torero, en contrapartida, señala que hemos perdido el favor de la divinidad; es el augurio de una catástrofe próxima mediante una catástrofe real. Es, también, un recuerdo de que la catástrofe es inevitable.
En este sentido, la muerte del torero es el verdadero sacrificio, el único posible.
Claro que, tras años de apropiación popular, la representación se ha envilecido con banderillas, picadores, asistentes y ambulancias. Si el asunto se tomara en serio, habría que dejar morir al torero en la arena, desgarrado el traje de luces, aplastado su cadáver una y otra vez por las patas de la bestia triunfante.
El ritual tradicional, donde el sacerdote desangra una víctima maniatada o adormecida, es una puesta en escena a todas luces artificial. Suspende el transcurso del mundo; separa al hombre de su condición y lo lleva a un lugar fuera del cosmos para así poder renovarlo. El sacerdote se convierte allí en semidiós; la víctima es un rehén, un medio de cambio, una garantía.
El torero, en cambio, es un agonista; un luchador que enfrenta a otro luchador. Hasta que el ritual no termina, no sabemos quién es la victima. El ritual ya no es entonces una salida del mundo, sino su representación. El torero, luchador y víctima a un tiempo, es el símbolo de todos los hombres.
De allí que la corrida se parezca más a un acto de adivinación; una pregunta sobre nuestro destino. Pero también es el reconocimiento ritual de nuestro desamparo en el mundo, de nuestra condición trágica. La muerte del toro es el final favorable. Atrae la catarsis propia del teatro; reafirma y augura la permanencia del orden: el dominio de la inteligencia sobre la naturaleza, la posibilidad de alejar por un tiempo el caos. La muerte del torero, en contrapartida, señala que hemos perdido el favor de la divinidad; es el augurio de una catástrofe próxima mediante una catástrofe real. Es, también, un recuerdo de que la catástrofe es inevitable.
En este sentido, la muerte del torero es el verdadero sacrificio, el único posible.
Claro que, tras años de apropiación popular, la representación se ha envilecido con banderillas, picadores, asistentes y ambulancias. Si el asunto se tomara en serio, habría que dejar morir al torero en la arena, desgarrado el traje de luces, aplastado su cadáver una y otra vez por las patas de la bestia triunfante.
















