Los sueños más tristes son aquellos en los que me estoy despidiendo. Pero también están los otros, sueños en los que estoy, en los que el tiempo no pasa, y me acompañan las personas que quiero. Estos sueños siempre ocurren cerca del mar, en algún balneario donde la playa puede ser vista desde una cierta altura. El horizonte es largo, el agua es clara y siempre hay sol. El aire es clarísimo.
En el último de estos sueños, unos delfines amistosos, blancos y marrones, llegaban a la playa. Bastaba llamarlos con unas palmadas para que se acercaran, como buscando comunicarse. Vistos de cerca, no eran delfines muy agraciados. Tenían la piel rugosa, fofa, y el cuerpo lleno de deformidades. Esto, sin embargo, no los hacía desagradables.
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