Esta semana la empecé en Michoacán. Fuimos a presentar los resultados de una investigación con unos colegas. Michoacán es tierra de narcos, territorio de La Familia, descabezadores de gente. Todos los días hay sangre. Hace un año, durante el festejo del 16 de septiembre, dos granadas explotaron en la plaza repleta de gente y mataron a muchas personas. Este año no saben bien qué hacer con ese festejo, que en otras condiciones es ineluctable. Los restaurantes de Morelia, siempre tan llenos, están vacíos. Los hoteles están a media luz.
Pero la gente de allá trata de convencerse, y de convencernos, de que no pasa nada. Que hay mucho manejo mediático, y que la gente que no se mete en el medio, no sale mal. Yo les creo. Las probabilidades de que te mate el narco, si sos un civil, son menos que las de morir atragantado por un hueso. O las del accidente con la piñata, como dice un amigo.
El miércoles nos volvimos. Para festejar el final del proyecto, antes de tomar la ruta fuimos a un restaurant bastante caro, donde sabíamos que habían matado a unos tipos hace un tiempo. Entraron y los ametrallaron. Pero el restaurant sigue funcionando. No va a cerrar por eso, obvio. La gente sigue yendo. Así que ahí fuimos, comimos tranquilos, tomamos un buen vino.
Salimos a las 5.00 del restaurant. Tomamos el Periférico con rumbo al aeropuerto, para salir luego por la carretera a México DF. A las 5.10 pasamos por la esquina de Periférico y Chávez, una calle importante de la zona.
Cinco minutos después, en esa esquina, mataron al subsecretario de seguridad pública del Estado, junto con su escolta, y un civil que pasaba por ahí.
Pobre civil, mejor se hubiera quedado en su casa comiendo huesos de pollo.
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termino con un haiku para mis hijos
Cuando nací, mis padres pesaban
46 y 55 kilos.
Hace tiempo que murieron.
5 set. 2009
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