Horas después se confirmaron sus temores. Empezó a tambalearse, su mirada se perdió en algún punto, y me pidió ayuda. La herida había empezado a sangrar hacia adentro de su cuerpo. Como pude, lo llevé al primer hospital que encontré.
Nunca antes había estado en ese hospital. Está construido en una casa muy vieja y grande, de una sola planta, con varios patios interiores de diferentes tamaños, a los que dan las numerosas habitaciones. En los patios florecen, blancos y rosas, algunos durazneros. Las pequeñas flores caen lentamente e iluminan el suelo de baldosas. Las habitaciones son reducidas y están pintadas de colores distintos: ocre, amarillo, naranja; no parecen las habitaciones de un hospital. De hecho, no tienen nada del equipamiento que se espera de un hospital. Sólo hay una o dos camas de madera, de sábanas gruesas color mostaza, como las que se encuentran en las casas del campo. El mobiliario es escaso, sobrio, casi pobre.
Al llegar nadie nos recibió; no vi ningún médico, ni tampoco otros pacientes. Como pude busqué, mientras sostenía a mi padre, una habitación que pareciera adecuada. En varias ocasiones me perdí: algunos cuartos del hospital daban a otras habitaciones que definitivamente eran de casas de familia. Caía la tarde y el sol iluminaba oblicuamente, con una luz cálida, los patios y los durazneros. Finalmente acosté a mi padre en una habitación pequeña, apenas adecuada, y lo arropé. Se arrolló un poco, porque las sábanas eran cortas, pero no hacía frío.
Ahora es de noche. No se cómo pude dejarlo solo en ese hospital. Mi desconcierto era tal que ni siquiera recuerdo la dirección. Me digo que debo volver, pero no se si logre encontrar el lugar. La ciudad está muy mal iluminada. Y aún si encuentro el hospital, no se si logre encontrar a mi padre.
No puedo tomar una decisión, aunque sé que en alguna parte mi padre sangra y mancha unas vendas que nadie cambia. Hace horas que miro la televisión, en mi habitación a oscuras. Hay una especie de cómico que tiene un programa larguísimo. Es un hombre increíblemente gordo, con una deformidad bastante desagradable en ambos brazos y unas manos con pocos dedos gruesos, completamente inútiles. Aún así, el gordo se las arregla para hacer paros de manos, ruedas de carro, y dar saltos mortales sobre un colchón. Esa es toda su gracia, pero ya van varias horas de programa y no puedo dejar de mirarlo.