18 abr. 2008

Apagón

Estoy en casa haciendo nada. Se avecina una tormenta. Mientras me miro en el espejo del baño, sobreviene un apagón. La casa queda a oscuras, salvo por la pantalla de la computadora.

Siempre me aburrieron los apagones. Es como si con la luz se fuera también mi espíritu. La casa, antes limitada, se vuelve casi infinita. Lo familiar se enrarece. El alma se achica. El apagón siempre me produce desencanto, me reduce. Aún cuando, como hoy, veo los relámpagos por la ventana. Soy un hijo de la tele y de la lectura, y sin luz no se puede hacer nada de eso, como no sea destrozándose los ojos.


Cuando era chico y había apagón, la familia dejaba de ver la tele y se reunía en torno a las velas. Mi padre tocaba la guitarra, la gente contaba cosas. Recuerdo que eran momentos muy animados. Yo no pasaba mal, y hasta disfrutaba el momento. Pero cuando la luz volvía era como volver a nacer. No se, tal vez porque siempre me gustó estar solo, pero con luz. Una vez volvió la luz y mi hermana, que era chica, la volvió a apagar y se ganó las risas y aplausos de toda la familia. Yo no lo podía entender. Casi me sentí traicionado.


Ahora la luz vuelve, el mundo se vuelve sólido. Respiro.


Pero también respiro algo de otro desencanto: ese saber que vivo en una mentira, que las luces se acaban, que sólo le voy a poder ganar un tiempo más, pero que al final siempre el apagón.


Vuelve a irse la luz. Tengo que desenchufar la heladera porque, si no, se va a quemar.